Durante el verano pasado asistí a un curso de inglés para mejorar mi nivel y poder superar la prueba necesaria para acceder a este Máster. Era en el Centro de Linguas da Universidade da Coruña, y el profesor era un irlandés divertidísimo con nombre gaélico, impronunciable en castellano. Las clases estaban planteadas de forma bastante distinta a aquellas a las que había asistido en otra ocasiones y en otras escuelas. La forma de funcionar era: había una pequeña clase ‘magistral’ el tema correspondiente y a partir de ahí se formaban grupos de 4-5 personas, con un captain que hacía las veces de portavoz cuando había que exponer, para desarrollar las tareas que el profesor nos indicaba. Los grupos eran elegidos al azar, pero siempre resultaban heterogéneos en cuanto a nivel de conocimiento del idioma. A pesar de tener un captain, siempre había alguien que por su mayor destreza en la materia sobre la que se estaba trabajando adquiría el rol de líder en el desarrollo de la actividad. Pero la participación e implicación de todos los miembros era real, todos aportábamos y todos alcanzábamos los objetivos marcados.
Cuando se formaban los grupos, el profesor nos estaba dando el poder de organizarnos libremente y nosotros estábamos adquiriendo la responsabilidad de llegar al objetivo marcado a través del grupo. El profesor dejaba de ‘existir’ para convertirse simplemente en el ‘diccionario’ que resolvía nuestras dudas de vocabulario o gramática, cuando no podíamos resolverlas por nosotros mismos, y en el que nos iba a poner la nota al final del curso. Por tanto, mantenía parte de su poder en la clase.
En ese momento, yo sólo era consciente de que esa forma de trabajar, además de ser distinta, era mucho más amena y divertida que las tradicionales que me habían impuesto en otras ocasiones (sin ir más lejos, un año antes, en la Escuela Oficial de Idiomas, en francés, de tal manera que después de más de 10 años sin asistir a una clase de idiomas, me sentí como en el colegio, imponiéndome estar callada, no preguntar a ‘destiempo’, estar atenta a la ‘todopoderosa sabiduría’ de la profesora y hacer mis tareas individualmente y sin copiar del de al lado…). Y para colmo, ¡funcionaba!
A lo mejor no es estrictamente un taller conceptual, según Don Finkel (a nosotros, nos explicaban los contenidos a estudiar, qué eran, para qué servían), pero al leerlo en la parte del libro ‘Dar clase con la boca cerrada’ que ha dejado Alejandro, me lo ha recordado. Era tarea del grupo resolver los ejercicios planteados, entender para qué se usan y en qué situaciones, discutíamos las dudas, resolvíamos aquellas que podíamos, conversábamos sobre lo planteado... y llegábamos a aprenderlo.